La forma del agua

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Director: Guillermo del Toro
Guión: Guillermo del Toro, Vanessa Taylor
Intérpretes: Sally Hawkins,  Doug Jones,  Michael Shannon,  Octavia Spencer,  Richard Jenkins

Triunfadora en los últimos Oscars, La forma del agua, con su brillante diseño de producción, su ágil montaje y sus excelentes interpretaciones, demuestra algunas de las virtudes pero también las limitaciones del cine de Guillermo del Toro. El realizador de El espinazo del diablo, se embarca aquí en un retrato de los EEUU de la Guerra Fría desde los ojos de una joven muda que trabaja como limpiadora en gigantesca empresa-laboratorio; un lugar mastodóntico que acoge repentinamente un sombrío secreto de fondo y forma. Es en la forma donde Del Toro se muestra deslumbrante, fílmicamente avasallador, con grandes hallazgos visuales, y  es en el fondo donde apreciamos algunas de sus mayores limitaciones como realizador. Así, la excelente interpretación de la versátil actriz inglesa  Sally Hawkins, no impide que la protagonista del retrato a la vez sombrío, luminoso e impresionista, lleno de fantasía y breves apuntes de crítica social, deje de ser un personaje femenino de una sola pieza que apenas evoluciona en el espectacular desarrollo de la acción. También destaca Richard Jenkins como su vecino poco convencional y hasta cierto punto marginado, pero todos estos apuntes y relaciones humanas de gran interés y calado social, se ven sumergidos en la forma del cómic que Del Toro da a su hermosa, pero en el fondo poco valiente, aventura sobre la soledad y la alteridad en un mundo dominado por la codicia, las intrigas, el totalitarismo  y el poder. El relato tiende al simplismo, sus mejores piezas se quedan paradas y su empaque visual no se ve compensado con un guión lo suficientemente complejo a pesar de la fuerza de actores y actrices, la banda sonora y el sano desparpajo con el que el realizador mexicano mezcla el humor y la tragedia, lo dulce y lo negro. Un trabajo ambicioso que puede, en algunos momentos, llegar a la retina y el corazón del espectador pero que muestra las limitaciones narrativas e intelectuales de un director que, casi siempre, se acaba decantando por el gran espectáculo con breves y leves visos de humanismo. Como ya ocurría en El laberinto del fauno, sus puyas sociales se quedan cortas al lado de los grandes y coloristas oropeles de una puesta en escena de primer orden donde se mezcla lo lúdico, lo “camp”, lo siniestro y lo espectacular.

 

Eduardo Nabal, critico de cine.

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